Qué es el coeficiente emocional y cómo mejorarlo

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El coeficiente emocional es el resultado obtenido (dando un valor) a la inteligencia emocional que tiene cada persona (a través de la realización de un test de inteligencia emocional). Es decir, es la capacidad de cada persona para reconocer los sentimientos propios y ajenos, expresarlos y, además, tener la habilidad suficiente para controlarlos. 

Para Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de automotivarnos, reconocer y gestionar nuestras propias emociones y las de los demás, para poder anticiparnos y tener mejores relaciones interpersonales y con uno mismo.” Podemos simplificar diciendo que se trata de cómo vivimos las emociones y cómo las gestionamos.

La inteligencia emocional determina cómo tomamos las decisiones y resolvemos los problemas. Para ello, debemos encontrar un equilibrio entre lo que pensamos, lo que sentimos y  lo que hacemos.

En el ámbito laboral, las habilidades blandas (soft skills), son aquellas competencias personales que determinan la capacidad para relacionarse y comunicarse de una manera efectiva con los demás. 

Un cálculo que mide el nivel de inteligencia emocional

La inteligencia emocional se mide a través de valoraciones extraídas de las pruebas realizadas. Una persona responde a una serie de preguntas y, cuando lo hace, obtiene una puntuación concreta en cada una de las cinco subcategorías de las que consta el EQ (Coeficiente Emocional), además de una puntuación general. 

El coeficiente emocional se puede trabajar, al igual que sucede con el Coeficiente intelectual (IQ). ¿Quieres saber cómo?, en el último apartado te mostramos 11 formas de mejorarlo. 

¿Cómo se mide el coeficiente emocional?

Para medir la inteligencia emocional, se utilizan como indicadores ciertas habilidades. Estas son la empatía, motivación, autoconciencia, la capacidad de controlar la exteriorización de las emociones y el liderazgo.

Coeficiente emocional vs intelectual

Después de diversos estudios a lo largo de los años, Daniel Goleman llegó a un resultado incontestable «La persona necesita del coeficiente intelectual, pero para tener éxito hace falta desarrollar el coeficiente emocional». 

Se ha demostrado que el coeficiente intelectual (CI) tan solo predice entre un 4 y un 10% el éxito profesional, lo que excluiría una amplia gama de otros factores, entre ellos la inteligencia emocional. 

Entre las personas que sobresalen en sus organizaciones se pueden observar dos datos importantes: por un lado, cuántas de sus habilidades se basan en su coeficiente intelectual y en su conocimiento técnico de habilidades puramente cognitivas (atención, memoria, razonamiento…) y, por otro lado, cuántas de sus habilidades pertenecen directamente al dominio de su inteligencia emocional (empatía, habilidad social…).

«Resulta ser que, para todo tipo de trabajos, a la hora de diferenciar a “las estrellas” del resto, la inteligencia emocional tiene el doble de importancia que las habilidades cognitivas. A mayor nivel en una organización, mayor su importancia», afirma Goleman con convicción. 

Es más, para los líderes de primer nivel, es en estos estudios de competencia donde se comprueba como entre el 80 y el 90% de las habilidades pertenecen al dominio de la inteligencia emocional.

Liderazgo

Todos los estudios que se han realizado con la finalidad de conseguir definir el perfil de un líder no han llegado a ninguna conclusión. Hablamos de liderazgo cuando debemos ser un referente para un equipo, pero antes debemos desarrollar la capacidad de autoliderazgo, es decir, debemos conocernos a nosotros mismos y aprender a gestionar nuestras emociones y objetivos. Ahora bien, las personas somos seres únicos, cambiantes, por eso no existen reglas para liderar a las personas, una de las dificultades más importantes para dirigir a las personas es identificar la individualidad de cada una y saber comunicarse con las personas que piensan de manera diametralmente opuesta a la nuestra. Un líder debe conseguir desarrollar el máximo potencial de cada persona.

Cuál es el nivel normal de coeficiente intelectual

Ahora, si hablamos de coeficiente intelectual ¿Cuál es el promedio para la población? 

El coeficiente intelectual promedio en la población oscila entre 90 y 109. Si se posee un coeficiente más alto se considera que la persona es más inteligente de lo normal, incluso puede llegar a ser superdotada cuando lo supera ampliamente. 

Una de las pruebas de inteligencia más acreditada es la de WAIS (Wechsler Adults Intelligence Scale), que desarrolló David Wechsler, y que está compuesto por dos partes, una oral y otra práctica.

10 formas de mejorar el coeficiente emocional

Al igual que el coeficiente de inteligencia, el emocional también se puede trabajar. 

Cuando llegamos a la etapa adulta y en especial, en la vida profesional, nos encontramos con situaciones en las que continuamente debemos tomar decisiones. La elección entre distintas alternativas exige un análisis y la decisión final no sólo debe llevarnos a analizar aquello que elegimos, sino también a lo que estamos renunciando.

Cuando una persona tiene facilidad en la toma de decisiones, sin que le suponga un conflicto interno, tendrá unos buenos pilares a nivel emocional que le ayudarán a ser feliz y alcanzar sus objetivos. Las experiencias que hayamos tenido durante toda nuestra vida nos van a definir en el futuro la capacidad en la toma de decisiones, en resolver conflictos y en relacionarnos con los demás.

Para ello vamos a centrarnos en 10 puntos importantes:

    1. Aprende a detectar las emociones que hay detrás de tus actos 

A lo largo de nuestra vida, todos sufrimos experiencias negativas que nos llevan a aislarnos de las emociones, creyendo así que no nos van a afectar. Es al revés, estas vivencias influyen en nosotros y nos llevan a actuar de un modo determinado.

Deberemos reflexionar qué nos lleva a actuar de esa forma. Tenemos que conocer la emoción que nos lleva a sentirnos así. No te preocupes, te llevará un tiempo aprender a detectarlas y conocerlas. 

El sentimiento se produce como consecuencia de una emoción más un pensamiento. Por tanto, si aprendemos a controlar nuestros pensamientos, podemos cambiar nuestros sentimientos y la forma de actuar.

Las personas tienen alrededor de 60.000 pensamientos al día, siendo el 80 % de ellos negativos. Existen técnicas para controlar los pensamientos y trabajar la conciencia, como por ejemplo el Mindfulness o la meditación, nos ayudan a detener el ritmo y pensar en el aquí y ahora, calmando la mente y conectando nuestros sentidos con el interior. 

    2. Amplía tu léxico emocional

Partimos de cuatro emociones básicas que todos conocemos: tristeza, alegría, enfado y miedo, y a partir de ellas se crean todas las demás. 

Si estás triste, por ejemplo, no lo dejes ahí, ve un poco más allá e identifica el tipo de tristeza, puede ser por melancolía, decepción…

Si bien, existen otras emociones, como son: el amor, el asco o la sorpresa.

Para entender mejor los pensamientos, debemos conocer que el cerebro humano está dividido en tres partes o estructuras bien diferenciadas, donde se pueden distinguir los distintos tipos de pensamientos:

    • Cerebro reptiliano: es la parte relacionada con la supervivencia, que atiende a las necesidades básicas como el sueño o la actividad física. 

    • Cerebro límbico o emocional: donde encontramos las emociones como la motivación o el estrés.

    • Cerebro neocortex o racional: que realiza el pensamiento abstracto, el lenguaje, la memoria.

Ser conscientes de la complejidad del cerebro humano y de nuestros pensamientos, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos para controlar nuestros actos.

    3. ¡Cuidado!, las «apariencias emocionales» engañan

Sí, las apariencias emocionales también nos pueden engañar ya que unas emociones primarias nos llevan a otras y, al final, no conocemos qué emoción real nos afecta. Un ejemplo claro: cuando conocemos la traición de un amigo podemos pensar que la emoción que nos afecta es el «enfado», estamos furiosos, pero si miramos en el fondo de nosotros nos daremos cuenta de que la emoción primaria, y principal, es la «tristeza» (incluso, podemos referirnos a una extraña sensación de vacío, ¿verdad?).

Para evitar que una emoción negativa se prolongue en el tiempo, es necesario aprender a drenar las emociones, es decir, que no exista un descontrol e impulsividad en  nuestra mente, que reconozcamos esa emoción, la vivamos, pero no la metamos en una mochila sobre nuestras espaldas y la mantengamos con la misma intensidad durante un largo plazo, suponiendo una carga y bloqueo . 

    4. No reprimas tus emociones

Las emociones nos ayudan, nos previenen incluso. No las reprimas, debes entenderlas y aceptarlas. El miedo, el enfado, la tristeza y la alegría, estas emociones primarias te avisan de lo que sucede, son una maravillosa fuente de información para ti. Te ayudan a ser más consciente de ti mismo. 

    5. Tu lenguaje corporal

Si te fijas en tu lenguaje corporal te darás cuenta de muchas cosas que ocurren en tu interior y pueden pasar inadvertidas para ti porque, sin darte cuenta, están reflejando cómo te sientes. Por ejemplo, si durante una discusión cruzas los brazos… significa que te estás sintiendo agredido por la otra persona (por sus palabras).

Además del lenguaje corporal, a través de la Programación Neurolingüística, podemos obtener numerosa información de cómo las personas interpretamos y filtramos la información, analizando los cinco sentidos. Así, en una conversación, un determinado tono de voz, una mirada fija o un olor,  no transmite un pensamiento que genera un sentimiento, ya sea agradable o de rechazo, que se quedará grabado en nuestra memoria al identificar al interlocutor, con independencia del contenido de la conversación.

    6. Si controlas lo que piensas también controlarás cómo te comportas

«No sé lo que hago en momentos así, pierdo todo el control». Esta es una frase que solemos decir cuando nos dejamos llevar por momentos emocionales sin control alguno. 

¿Por qué no es del todo cierta esa afirmación? Porque lo que sentimos es el resultado de la emoción más lo que pensamos sobre dicha emoción. No podemos evitar la emoción, cierto, pero sí que podemos modificar nuestros pensamientos al respecto. 

    7. Busca el porqué de los demás

Una de las cualidades emocionales más valiosas para relacionarse con los demás es la empatía, es decir, la capacidad de ponerse en la situación emocional del otro, saber lo que siente y de esta forma, poder llegar a entenderle mejor.

Lo vamos a explicar con un ejemplo, así es mucho más sencillo.

Imagina que un compañero está hablando con otro y reacciona de forma exagerada. Antes de juzgar a esa persona solo por su reacción, acostúmbrate a pensar en qué emoción habrá detrás de esa reacción. ¿Y si ha sentido miedo ante las palabras dichas y por eso su reacción?

Si te acostumbras a buscar primero la emoción entenderá mejor a las personas y redundará en beneficio para ti, en todos los ámbitos, incluido el laboral.

    8. Lleva un «diario emocional»

Al igual que cuando se escribía un diario convencional, acostumbrarnos a anotar día a día nuestros sentimientos nos ayuda a reducir la intensidad emocional. Está demostrado, es más efectivo si lo escribimos a mano e, incluso, más efectivo en el género masculino.

El ejercicio que realizamos hacia nuestro interior, al tener que escribir nuestros sentimientos, nos ayuda a identificarlos y ver la evolución de acuerdo con los acontecimientos de nuestra vida, pudiendo detectar más fácilmente aquello que nos genera sentimientos positivos y negativos, tomando consciencia.

    9. Expresa de forma asertiva tus emociones

Ahora que ya sabes cómo identificar tu emoción, vamos a aprender a expresarla sin causar efectos adversos, con asertividad, es decir, es la «habilidad de expresar nuestros deseos de una manera amable, franca, abierta, directa y adecuada, logrando decir lo que queremos sin atentar contra los demás» (definición de asertividad en la RAE).

Si somos sinceros con nuestros sentimientos, siempre seremos congruentes en nuestro discurso y nos resultará más sencillo exponer las emociones. En cambio, si intentamos expresar nuestras emociones dependiendo del receptor, buscando su aprobación o afinidad, se generarán conflictos internos.

    10. No intentes aprenderlo todo a la vez

Es mejor que te centres solo en una cosa y la conviertas en una práctica, así irás sabiendo qué hacer y cuándo.

Un ejemplo: imagina que en el trabajo te cuesta concentrarte y tu mente siempre está por ahí, en otras partes. Bien, sabes qué hacer (prestar atención) y lo puedes convertir en algo práctico, por ejemplo, apagando el móvil. Esta es la forma de llevar a la práctica una conducta concreta a cambiar. Después, repetir esta conducta y visualizarla, te ayudarán a convertirla en algo automático y cotidiano. 

Uno de los ejercicios mentales más difíciles que existen es mantener la atención plena en algo concreto durante un tiempo, es decir, ser capaz de no atender a otros estímulos que se pueden cruzar en ese momento: un sonido, un teléfono, alguien que entra, un nuevo pensamiento, etc.

En la era digital en la que vivimos, donde continuamente estamos recibiendo nuevos mensajes en redes sociales, correos, etc.  es necesario aprender a utilizarlo para que no supongan una interrupción continua del resto de actividades que debemos realizar, ya que nos resta eficiencia y eficacia en el desempeño del resto de tareas.