Un mes en India por Iván Soriano

Eran aproximadamente las 3 de la madrugada cuando salía del aeropuerto de Bangalore. Era la primera vez que pisaba la India. El bullicio y la energía que desprendía la ciudad eran similares al calor que hacía. Desde ese momento, supe que este país no me iba a dejar indiferente.

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Imagen de cabecera

En coche nos dirigimos a Anantapur. Tres horas de camino, después de otras muchas de vuelo. Recuerdo mi asombro al ver a vacas, pollos, cerdos y perros sueltos por la calle y al lado de la carretera. ¡Me sorprendía muchísimo! Pero, después de este mes aquí, ya no me extraña verme perseguido por algún animal cuando camino por la calle. Claro que mi mirada es occidental. Mis pensamientos nacen de la cultura que heredé, y es muy distinta a la de este país.

En este primer mes en la india, entre mis sentidos, ha primado el de la vista. Mis ojos casi funcionan como una cámara fotográfica, porqué hay imágenes de lo que he vivido que han quedado grabadas. No sé si en la memoria o en el corazón.

Durante este tiempo he conocido a las 20 alumnas con discapacidad del programa de formación para el empleo de la Fundación Vicente Ferrer al que da apoyo DKV-Integralia. Casi todas ellas padecieron polio durante la infancia y tienen secuelas importantes en la movilidad.

He realizado una entrevista personal con cada una de ellas. Nacieron en familias muy humildes y en India nacer mujer supone “ser menos”; y ser mujer con discapacidad y de casta baja les condena –en forma, casi, de profecía– a vivir en la miseria. Pero eso es mentira, porque nuestras 20 chicas tienen una riqueza interior, reflejada en su sonrisa, que podría pujar en bolsa.

Entusiastas, con ganas de trabajar, sin miedo a no casarse (porque al ser personas con discapacidad estarían relegadas a ser una segunda esposa), con afán para vivir una vida independiente y tremendamente solidarias. Ellas, dan sentido a lo que hacemos, ya que aun siendo condenadas a la miseria, el progreso en sus vidas es posible. Y que nuestra Fundación haya apostado por ellas dice mucho del lugar dónde trabajamos.

También he realizado visitas de selección de alumnado en aldeas remotas dónde la normalidad es la extrema pobreza. El increíble y consecutivo recibimiento en cada una de ellas sólo podía llevarme a un sentimiento: el de la gratitud. Gratitud no de lo que tengo (de lo que tengo en España, eso siempre es obvio), sino de lo que muchas personas –como tú– todavía somos capaces de sentir aun perteneciendo a sociedades consumistas, individualistas y competitivas.

En una de estas visitas, en las que todo el pueblo nos venía a recibir, había un niño con parálisis cerebral. En los brazos de su abuela, su mirada fluctuaba perdida hasta que se cruzó con la mía. Le sonreí y el me sonrío con mayor intensidad. Seguí sonriéndole y me acerqué a él. Creo que jamás podré olvidar su sonrisa. La de aquel que teniendo todos los motivos que pudieran existir para llorar, quiere vivir sintiéndose bien.

Así he descubierto que aquí, dónde materialmente no hay casi nada, hay mucho. Que la pobreza es mayor si nuestros pensamientos están vacíos. También, que hay mucho por hacer. Que Mucho debería cambiar, pero sin perder el horizonte de quiénes son.

No quiero finalizar, sin antes enviar un saludo a mis compañeros de DKV-Integralia en España, Colombia y Perú. Me gustaría que supieran que con cada llamada que atienden están enviando un aliento de esperanza para estas personas. Personas que también tienen que vivir con lo que conlleva vivir con discapacidad. En el fondo, si miras con calma al resto, son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

Ivan Soriano
Responsable Integralia en India

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